[Publicado en El Desconcierto el 02 de diciembre de 2019]
La discusión en torno a los cuidados y el envejecimiento, debería enmarcarse en un debate profundo acerca de la sociedad que queremos y de un modelo de desarrollo coherente con una sociedad más justa. Un enfoque de curso de vida como base de programas y políticas sociales, permitiría ir más allá del porcentaje de aumento en uno u otro ingreso; permitiría que la vida entera de cada ciudadano y ciudadana se sostenga de forma digna, sin perder de vista el lugar que se ocupa dentro del desarrollo social. El sostenimiento de la vida, no es sólo un problema de cifras y porcentajes, que se resuelven con una Ley; es cómo concebimos la vida misma y los derechos y la dignidad a lo largo de ella.
Hace unos días el oficialismo y
oposición llegaron a un acuerdo que intenta cubrir en parte uno de los
malestares más sentidos y profundos de la ciudadanía chilena: el acceso a
una pensión digna de las personas mayores. Este acuerdo, en el llamado
“marco de entendimiento social”, indica el aumento progresivo de la
pensión básica solidaria hasta un 50% desde enero del 2020 para mayores
de 80 años y desde un 25% para pensionados menores de 75 años hasta
completar el 50% el año 2022. Desde el gobierno, el ministro de Hacienda
Ignacio Briones declaró que era una propuesta muy importante que “…va a hacer mucho bien a muchos chilenos” y desde la oposición el presidente del senado Jaime Quintana sostuvo que este arreglo es un marco sobre “un piso mínimo de dignidad”.
Sin embargo, la decisión aún no está tomada. Algunos diputados de
oposición criticaron el acuerdo entre senadores y gobierno y anuncian
que votarán en contra debido a que se decidió a espaldas de la
ciudadanía.
Detrás de las escuálidas cifras propuestas en ese acuerdo o las más
generosas que exige parte de la oposición, se perpetúa el estrabismo de
la discusión centrado en los ingresos, el ciclo económico, y las
categorías binarias dominantes en el análisis económico actual:
trabajo/no trabajo; autonomía/dependencia; productivo/improductivo;
trabajador/dueña de casa. No solo la segmentación y progresividad del
derecho resultará difícil de explicar a los mayores tal como sostiene un
diputado, sino también queda en entredicho la limitada interpretación
de la vejez proveniente de la lectura neoclásica productivista, que deja
de lado cualquier aspecto que no remita a la generación de condiciones
materiales.
Hace más de veinte años las economistas feministas han
discutido acerca de la necesidad de entender la vejez y sus necesidades
desde una reformulación completa. Respecto al problema de las pensiones,
si se sube su monto, ¿acaso las personas mayores estarán más
protegidas?, ¿se resuelve el déficit de cuidadores en el país? No
necesariamente. La discusión en torno a los cuidados y el
envejecimiento, debería enmarcarse en un debate profundo acerca de la
sociedad que queremos y de un modelo de desarrollo coherente con una
sociedad más justa. Un enfoque de curso de vida como base de programas y
políticas sociales, permitiría ir más allá del porcentaje de aumento en
uno u otro ingreso; permitiría que la vida entera de cada ciudadano y
ciudadana se sostenga de forma digna, sin perder de vista el lugar que
se ocupa dentro del desarrollo social. El sostenimiento de la vida, no
es sólo un problema de cifras y porcentajes, que se resuelven con una
Ley; es cómo concebimos la vida misma y los derechos y la dignidad a lo
largo de ella.
En este marco, la Red de investigación en Interseccionalidad, género y
prácticas de resistencias (RedIger), de la Universidad de Chile
organizó el cabildo ciudadano: Sostenimiento de la vida. Cuidar y envejecer en Chile, en el que participaron personas mayores, miembros de organizaciones sociales, como Yo cuido,
jóvenes, estudiantes y profesionales de la salud y de las ciencias
sociales. Las conclusiones indican que la vejez y el cuidado forma parte
de la vida cotidiana, como un continuo de responsabilidades colectivas y
mutuas, que se unen buscando y basándose en la dignidad de la persona,
en el respeto y el cuidado mutuo que nos debemos como sociedad.
En ese marco, el derecho a cuidar y ser cuidado, en todas las etapas de
la vida, debe ser un componente central en las nuevas orientaciones
normativas que establezcamos en el país.
Estas lúcidas reflexiones responden a las preocupaciones ontológicas y
normativas asociadas a las actuales experiencia de envejecer en nuestro
país: déficit de personas que cuidan, feminización de la vejez e
incremento significativo del tramo etario sobre 80 años para el 2050,
feminización del cuidado, escasez de servicios de atención pública del
cuidado, escasez de hombres cuidadores, escasa provisión y
profesionalización de los servicios privados junto a una débil
fiscalización e invisibilidad de personas cuidadoras y sus necesidades.
Estos problemas están interrelacionados y remiten a la pregunta acerca
de la disponibilidad de las estructuras, mecanismos e instituciones del
bienestar, que permiten su desarrollo, en definitiva, sobre la
sostenibilidad de la vida.
La reformulación ontológica que supone este concepto implica superar
la visión androcéntrica, adultocéntrica y dicotómica de la economía
neoclásica y observa la reproducción (física y social) de la vida como
un proceso de carácter multidimensional de satisfacción de necesidades,
en continua adaptación de las identidades individuales y las relaciones
sociales. Es cierto que el proceso de reproducción social de la vida,
requiere recursos materiales, contextuales y relacionales, pero es la
antítesis a la acumulación y el lucro. Por tanto, cuando se
analizan las pensiones desde el marco de sostenibilidad de la vida
significa descentrar al mercado como proveedor principal de recursos; al
empleo como fuente de ganancias individualizadas; el ingreso como medio
para consumir en un mercado de servicios desregulado o el dinero como
elemento central del bienestar. Significa, por un lado, darle relevancia
al trabajo de cuidado realizado principalmente por las mujeres en los
hogares, articular una serie de bienes y servicios de bienestar en la
vejez, dejando de lado la subsidiariedad a la demanda y el caudal de
recursos estatales a instituciones privadas. Estos
planteamientos no son nuevos, sino que forman parte del acervo de
conocimiento acumulado tras décadas de crisis del cuidado por parte de
economistas feministas como Cristina Carrasco, Amaia Pérez Orozco,
Antonella Picchio, entre otras. Y por otro lado, significa, reconocer y
visibilizar el lugar y el rol activo de las propias personas mayores en
la sostenibilidad de la vida.
La reformulación normativa asociada a la sostenibilidad de la vida
plantea la pregunta ¿qué vejez vale la pena ser vivida?. Desde esta
perspectiva, es imposible seguir extrayendo masivamente recursos
naturales sin ninguna mirada de sustentabilidad de futuro. La
interrelación de las dimensiones económica, social y ecológica supone
una vejez acompañada, en condiciones de bienestar, apoyado por el uso de
tecnologías y productos amigables con el medio ambiente. La generación
de sus condiciones de posibilidad supone una reorganización de los
tiempos y los trabajos (pagados y no pagados) y un cambio en los
patrones de consumo y de producción.
Muchos creerán que se trata de lindas palabras, tal como lo
planteó un trabajador de una gran empresa de un sector importante de la
económica en una jornada sobre el cuidado realizada recientemente: “si
el cuidado en la vejez no va acompañado de derechos para dependientes e
independientes, es solo poesía”, afirmó. Acaso, ¿es poesía el cansancio y
el esfuerzo físico de las mujeres (trabajadoras formales e informales y
amas de casa) que cuidan a las personas con dependencia severa cuando
tienen que asearlas, vestirlas, alimentarlas, animarlas y acompañarlas
todos los días?. Una persona que no cuida probablemente tendrá
más dificultades de entender el cuidado a dependientes como una
actividad agotadora, invisible e infravalorada, especialmente, cuando es
dependencia severa. En este grupo –quienes cuidan son mayoritariamente
mujeres- se concentran problemas de salud como hipertensión,
osteoporosis y síntomas o cuadros declarados de depresión y sensación de
autopostergación, el cual es contrarrestado con la idea del deber
cumplido. En este grupo, también se encuentran mujeres adultas mayores
que cuidan a otros/as.
Seguir responsabilizando a las mujeres (en su mayoría, mayores de capas medias y bajas) de la atención de dependientes, especialmente, de aquellos no autovalentes, supone reforzar las relaciones de poder entre los sexos con consecuencias nefastas para cuidadores y dependientes. La limitación de la discusión de las pensiones al ingreso, significa no entender el problema de la distribución del tiempo y de la vida en su totalidad. Significa perderse en el debate mezquino del ingreso, sin apostar por la sostenibilidad de la vida.
Lorena Armijo, Universidad Santo Tomás. Red de Investigación en Interseccionalidad, género y prácticas de resistencia, Catalina Arteaga A., Universidad de Chile. Red de Investigación en Interseccionalidad, género y prácticas de resistencia y Paulina Osorio-Parraguez, Universidad de Chile. Red de Investigación en Interseccionalidad, género y prácticas de resistencia.
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